Batallando sin prisa. Parte XXI
¿Te acuerdas
de El runrún de las narices...? Pues continúa el recital. Ahí seguimos runruneando mi cabeza y yo.
No le hago mucho caso, porque esto, si no es de la Fibromialgia, es que a la trompa de Eustaquio se le ha ido de las
manos el concierto.
Pero mi reumatólogo se empeñó en que tenía que verme el especialista para
determinar la causa del runrún y asegurarnos
de que no haya perdido audición. Que no he perdido, que no.
¡Si no pierdo ni las audiciones a ciegas de La voz! Es que los coaches (¡qué afición a los
anglicismos!) me reconfortan con esas
frases memorables y bien pensadas con las que pretenden dar jabón a los concursantes:
"Vaya tela, te habrás quedado a gusto, hija mía". (David Bisbal)
“Sientes en las partes que hay que
sentir y
eres heavy en actitud, en obra y en omisión”. (Melendi)
"Los nervios te han pasado una jugada". (Rosario Flores)
"Tiene una voz sexual". (Rosario
Flores). Esta no sé lo que quiere decir, (las otras tampoco, la verdad) pero esta,
me recuerda aquello que contaba Rafael Amor sobre una subclase de La vieja'l visillo, que decía: -En la casa de al lado se oyen voces de mujeres desnudas...
Es en ocasiones como estas que lamento no tener un botón para subir el volumen del runrún y dejar de oír tanta mentecatez.
Bueno pues,
que fui al otorrinolaringólogo. ¡Qué manía de complicarlo todo a la hora de
poner nombre a las cosas! ¡Si es que la palabrita no cabe en las tarjeta de
visita!
En la
consulta reinaba un silencio incómodo. No para mí, que llevo banda sonora integrada.
Se supone que en la primera visita a un especialista se establecen las bases de una relación. Pues aquí no vamos a establecer nada. A mí me da la impresión de que a este hombre le importan un comino mis runrunes. Ni me mira a la cara. Que me dan ganas de decirle: -¡Holaaaa, holaaaa... soy un ser humaaaaanooo, agradecería una sonrisaaaa!
Lo que le cuesta dar
las buenas tardes a la gente. Para que luego hablen del valor terapéutico de las palabras. Una
consulta más triste que un panteón. Me trasmite más confianza una pulsera
magnética. Que parece esto más la consulta del odio que del oído. ¿Me habré equivocado?
Pues no, que me
hace una exploración del oído, así sin pedir permiso. ¡Ay, que me agarra de la oreja y me mete el otoscopio hasta el tímpano! ¿Qué confianzas son estas, si hace un rato ni me hablaba? Me fastidia mucho que me toquen las orejas, no lo puedo soportar.
Las orejas son unas incomprendidas. Y la nariz también. A medida que envejecemos, lo que vamos perdiendo en oído y olfato, lo vamos ganando en orejas y nariz. No paran de crecer hasta que te mueres. ¡Las orejas crecen 0,22 milímetros al año! ¡Ay, colágeno de mi vida y mi corazón, ¿por qué me haces esto?!
Y una audiometría. Me van a hacer una audiometría. Dentro de la cabina audiométrica sonoamortiguada los acúfenos se amplifican. Ainss... Me oigo hasta los latidos del corazón. ¿Será hiperacusia o que me estoy poniendo nerviosa? Me concentro en las distintas frecuencias de sonidos que me llegan a través del auricular y me olvido del runrún. Antes de que me de cuenta, ya está la cosa lista.
Que dice el
facultativo que tengo un oído estupendo. Los acúfenos no me impiden oír.
Eso se lo hubiera dicho yo sin audiometría. Que mi marido se pone auriculares
para oír la radio sin molestar y oigo yo
la radio mejor que él. ¡Que hasta oía respirar al gato, hombre!
Bueno pues, mis acúfenos
no son el resultado de algún problema en el oído. Pueden ser el resultado de
alguna medicación, de hecho, existen
más de doscientos medicamentos que pueden causar acúfenos, entre ellos, algunos
analgésicos, antidepresivos, antibióticos… Uff. Pueden ser el resultado de una disfunción témporo-mandibular
(como la mía), o simplemente, una sensibilidad más de la Fibromialgia. Perfectamente pueden ser las tres cosas a la vez, no diría yo que no.
Tratamiento propuesto: Diazepam por un tubo.
Pues va a ser que no.
No me explico la relación Diazepam-Acúfenos, y el galeno no
está por la labor de darme una explicación lógica.
Teniendo en cuenta que,
su eficacia es ligeramente superior al placebo, y que estamos hablando
de un tratamiento crónico, no me sale a cuenta el enganche.
A ver, que no
es por no convertirme en “drogalista” que, de una forma o de otra, ya lo soy o lo
acabaré siendo. Es solo que prefiero algo
que me despierte a que me duerma. Prefiero ser yo, al completo, con runrún incluido, a vivir en el engaño de que estoy mejor,cuando solo estoy hipnotizada. Y puesta
a preferir, me quedo con el placebo. Tengo uno que es un
lujo. Yo le llamo el placebo Yucatán. Un paraíso en el Caribe Mexicano. Entre Margaritas, hamacas, iguanas
al sol y mariachis. Sumergida en
un mar turquesa con el agua a 28º en el que solo oigo el runrún de las
olas y al pez loro royendo el coral.


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