Viviendo de risa (Batallando sin prisa) Parte XI
Se habla mucho sobre las torpezas de las
mujeres al volante. Que no digo yo que no haya Marías de Villota en
potencia a patadas; pero hay un buen número, entre las que me incluyo, que se las trae.
A estas alturas, todos los que me leen
saben que no se pueden fiar de mí un pelo, mucho menos con un volante entre
manos. Soy un despiste con patas.
Como atenuante tengo que decir que coexisto
con una pejiguera llamada fibroniebla. Para mí, este
es uno de los síntomas más discapacitantes en Fibromialgia y Síndrome de Fatiga Crónica. Como su nombre indica se trata de niebla cerebral, confusión mental. O
sea, no esperes de mí que piense con claridad. Es lo que comúnmente se llama “estar
espesa”. Los síntomas varían de un día a
otro y son la mar de entretenidos:
Dificultad para encontrar palabras
conocidas. Imposibilidad de recordar.
Desorientación espacial y direccional. Falta de coordinación. Incapacidad
para prestar atención a dos cosas a la vez, por lo que la tarea inicial
desaparece cuando interfiere una segunda. Dificultad de concentración y
problemas para gestionar la información que se recibe a través de la vista o el
oído. Alteraciones similares a la
dislexia, disfasia, discalculia, y un sinfín de trastornos relacionados con el
aprendizaje.
Es de suponer que todos estos síntomas
por sí mismos, complican mucho la vida a cualquiera. Si a esto le añades la
sobre dosis de despiste que me caracteriza y un coche entre manos, el resultado puede ser tal que hay días que
descarto conducir por el bien de los seres vivos que se cruzan en mí camino.
Conducir con fibroniebla es igual a
liarla parda.
Este verano, sin ir más lejos, me puse a salir del garaje marcha atrás y me llevé
la puerta por delante. (¿Se puede decir que me llevé la puerta por delante si
circulaba marcha atrás?) Pues eso, me llevé la puerta por delante porque no me
di cuenta de que estaba cerrada. Me matas y te digo que antes de subir al coche
abrí la puerta. ¡Yo la he visto abierta! Lo que ocurrió en realidad es que abrí una hoja pero mi cerebro nublado
creyó que había abierto las dos y, catacrasss. ¡Uff! Lo más sabio que puedes
hacer después de un percance así es coger el autobús, porque está claro que tienes
un episodio de fibroniebla de los buenos.
En un día con fibroniebla interpreto desastrosamente las señales en
general y las de tráfico en particular. Tranquilamente puedo estar esperando a
que cambie un semáforo que está en verde para arrancar en cuanto se ponga rojo.
Me doy cuenta porque veo por el espejo retrovisor a un energúmeno dándome
ráfagas como loco. ¡Va ser por eso que tocaba el claxon con impaciencia mientras yo coreaba con Raphael
eso de “a veces oigo sin querer algún
murmullo y no hago caso y yo me río y me pregunto qué sabe nadie...”!
Me lían mucho a mí las señales de
tráfico.
Callejeando por la
ciudad, a punto estuve de pasar por una calle de dirección prohibida. Menos mal
que la vi a tiempo y seguí hasta tomar
la siguiente intersección. Cuando llegué a mi
destino caí en la cuenta de que iba andando... ¡Menuda vuelta más tonta!
Hace poco estuve diez minutos dando
vueltas por una gasolinera porque no encontraba la salida. Por todas partes
había señales de dirección prohibida. Una cosa rarísima. Ahí estaba yo delante
de una señal de tráfico, dándole vueltas a que algo no encajaba; hasta que el que iba detrás de mí, me adelantó y se fue.
Entonces lo vi más claro que el agua, ¡no eran señales de dirección
prohibida, eran señales de stop!
Las gasolineras y yo no nos llevamos
bien. Me niego a repostar en las de
autoservicio y no sólo porque un día estuve esperando media hora a que me
sirvieran; que el encargado del
chiringuito estuvo llamándome por megafonía a grito pelao para decirme que me
sirviera yo misma.
Que digo yo: si las gasolineras son un servicio público
¿por qué me tengo que servir yo, sin manual de instrucciones y con la seguridad
de que mis manos van a oler a gasolina tres días? Si fueran más baratas me lo pensaría, pero al
mismo precio no me da la gana. Que al precio que está el combustible tendrían
que servirte la gasolina, un aperitivo y hacerte la manicura.
Por eso huyo de los autoservicios y voy donde
me pongan gasolina como se ha hecho toda la vida; viene un señor, te
llena el tanque y te da conversación, ¡cómo tiene que ser! Bueno, pues un anochecer estuve más de veinte
minutos esperando a que me pusieran gasolina... y nada, el señor no venía. Le ponían a todo el que llegaba, menos a
mí. Así que ya un poco harta y con una
carga irónica que no podía con ella, le digo al muchacho: -¿A mí cuándo me vas
a poner gasolina?- Y me contesta el
hombre: -En cuanto te pongas delante del surtidor, que estás delante de una
máquina expendedora-.
No suelo tener dificultades para aparcar.
Para mí el principal problema reside en
desaparcar, porque es raro el día que recuerde dónde dejé el coche. La situación más inverosímilmente embarazosa de desaparque que he vivido tuvo lugar en un parking de Carrefour. Resulta que no
había llevado mi coche sino el de unos amigos,
y cuando ya me dirigía con la
compra hacia el parking, lo de menos es que no supiera dónde había aparcado, ¡es
que no recordaba que coche era! No tenía ni la más remota idea del modelo del
choche, sólo sabía que era rojo. Así que ahí estaba yo luchando con un carro de
la compra que tenía vida propia e iba para dónde le daba la real gana, en medio
de un parking como un campo de fútbol enchufando
con la llave electrónica a todos los coches rojos que veía hasta que uno se
abrió. ¡Y luego me preguntan que por
qué prefiero hacer la compra por internet!
Otros sucesos dignos de mención tienen que ver con mis encuentros con la Guardia Civil de Tráfico. ¡Pobres!, yo creo que en el centro de formación no les prepararon para infractoras como yo... Pero eso te lo contaré otro día.

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