Batallando sin prisa. Parte XXVII
Hay
rachas en las que sería mejor que me anestesiaran una temporada.
Ahora estoy pasando por una de ellas.
Lo
peor del cansancio de la Fibromialgia no es quedarse sin energía, es
que atrae a la fibroniebla como la luz a los mosquitos. Cuando
las dos cosas convergen, mi capacidad cognitiva se reduce a la de una
ameba durmiente. Lo mejor en esos casos es hacerte un ovillo
y no salir de la cama, pero cuando tienes una madre con noventa y
tres años, tienes que espabilar sí
o sí, aunque solo sea para que sienta que estás allí y le haces
compañía. Y a mi madre, que se conforma con poco, le basta con una
ameba durmiente.
Bueno,
pues hace un par de semanas, tenía un día de esos que había que
espabilar como fuera. Cogí el coche y pasé por el supermercado
antes de recorrer los cincuenta kilómetros que distan de mi casa a
la de mis padres. Hice la compra completamente segura de que me
dejaba algo, porque los que dicen que hay que elaborar una lista de
la compra para no olvidar nada, no caen en la cuenta de que primero
hay que saber lo que vas a anotar en la lista y a mi eso rara vez me
sucede.
Pues
con esa fatiga típica de la Fibromialgia, que parece que llevo
acumulando cansancio desde que nació John F. Kennedy. Jr*, con una
capacidad cognitiva más mermada que si hubiera hecho la Ruta de
Vinotecas de la Guía Repsol y, más agotada que los puntos del
carnet de Kiko Rivera, ¿a quién se le ocurre coger el coche? A mi.
Y no es que sea original, es que tengo más peligro que Isabel
Pantoja jugando al Monopoly.
A
esto hay que sumarle que llevo unos meses con una frecuencia cardíaca
de 120, 130 pulsaciones por minuto, a todas horas. ¡Vamos, que tengo
el pulso como para robar panderetas!
Total,
que estoy muy cansada, pero más acelerada que una peli de cine mudo.
Embalada, pero aturdida. (Embalada digo de ir a toda velocidad, no
de empaquetada, aunque a veces me siento como si lo estuviera). Vertiginosa, pero atarugada. Medio zombi, medio
tarumba, medio atosigada. Puedo liarla y la lío, seguro.
El
aparcamiento subterráneo del supermercado estaba más desierto que
un concierto de Toño Sanchís. Entero para mi sola. Lleno de
columnas, eso sí. Deben ser columnas cojoneras (como las moscas).
De esas que cuando no miras se cambian de sitio, porque si no, no me
lo explico. Me matas y te digo que esa columna no estaba allí
cuando empecé la maniobra de desaparque. Desde luego hay columnas
con muy mala leche y fui a tropezar con una. La verdad es que hace 37
años que conduzco y hasta ahora, yo no me metía con ellas y ellas
no se metían conmigo. Hasta ahora.
Y
no vayas a creer que fue un rasponazo. ¡Qué va, fue un batacazo en
toda regla! Le tuvieron que cambiar la aleta delantera izquierda al
Sandero. Se me parte el corazón.
Que
dice un amigo mío que si tuviera cámara trasera no me habría
pasado eso, pero como me empeñé en comprar un coche básico... ¡Pero,
qué dices alma cándida, si la columna no la tenía detrás, sino
delante! ¡Qué la habría visto hasta Rompetechos!
Una
vez superado el disgusto, y como mi máxima en la vida es que todo lo
que te pasa tiene algo bueno y solo hay que saber encontrarlo, esta
contrariedad con la columna no iba a ser menos. El percance ha
despertado mi conciencia social como víctima de las columnas de
aparcamientos subterráneos y voy a crear una petición en
change.org para que se construyan todos los aparcamientos como este.
*John
F. Kennedy. Jr nació en 1960, un día antes que yo.

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