Viviendo de risa (batallando sin prisa) Parte XII
Hoy me duele mucho la cabeza y necesito silencio, pero para mí
el silencio no existe. Llevo un generador de ruido incorporado, 24 horas de
ruidos sin opción de apagado.
Se dice que el ruido es un sonido que interfiere con las
actividades, las conversaciones o el descanso. Tengo el enemigo en mi cabeza, y
esta vez no hablo de los pensamientos negativos sino de un secador de pelo funcionando
a perpetuidad e interfiriendo con la vida misma.
El nivel sonoro de mi cabeza no lo aceptaría ni la Agencia
de Protección Ambiental. Menos mal que solo lo oigo yo, porque sino los de Control de
Ruido ya me habían precintado la cabeza como medida de protección ciudadana.
A esta tortura incorporada los egipcios la llamaron el “oído
encantado”, la denominación latina es “tin-ni-tus” que significa tintineo; pero
como todo eso se queda muy corto yo le llamo: el runrún de las narices y la madre que le parió.
Pues sí, los acúfenos son la mar de entretenidos. Entretenidos
pero desagradables. Y el tratamiento básicamente consiste en acostumbrarte a
ellos.
Es la fascinante sensación de tener en la cabeza una campana extractora
o un secador de pelo en constante funcionamiento, día y noche.
Recuerdo ruidos en mi cabeza desde que era niña. Con decir que pensaba que todo el mundo oía
ruido interior cuando se quedaba en silencio... Mi madre decía que yo tenía muchos pájaros en la cabeza, ¡qué va, eran las cataratas del Niágara en época de lluvias!
Entonces era soportable porque eran
ruidos que tal como venían se iban. Pero, en los últimos años la cosa ha ido de mal en
peor, y se han quedado definitivamente como un okupa molesto e insufrible.
Es que yo con los ruidos nunca me he llevado bien. Siempre me han hecho mucho daño los ruidos externos, porque, como ya he contado en otras ocasiones, tengo hiperacusia y todos los sonidos los
oigo amplificados. Vamos, que cuando mi oreja recoge las ondas sonoras, el sistema nervioso auditivo se
echa a llorar.
Antes, con la hiperacusia, apagar la tv, la radio o la música,
desconectar de los ruidos externos suponía un descanso. Ahora con los acúfenos, necesito ruido externo para amortiguar el
ruido interno. O sea, que pongo la tv, la radio o música para descansar. Ainss, la cosa está en escoger entre dos daños, a veces no sé por cuál decidirme... A ver, con qué me torturo hoy...
Y todavía hay quien tiene Fibromialgia y pretende que la
gente le entienda. Yo me parto y me mondo, que dice Luisma. ¡A ver quién es el guapo que entiende el trajín
que me traigo entre la hiperacusia y los acúfenos; que hasta mi otorrino se
lamenta por no haber estudiado arqueología!
El gran problema es cuando aparece la jaqueca, que necesita
silencio, tan absorbente y sensible ella. Yo ya le digo: a ver cómo te las
arreglas, que yo lo único que puedo hacer
por ti es dejarte a oscuras y pedirle al Dr. House que me haga una punción
lumbar, que por lo visto sirve para todo.
Y como la necesidad aguza el ingenio, he conseguido que mis
acúfenos tan insoportables y monótonos ellos
se transformen en un sonido hipnótico con el que consigo quedarme
dormida.
Comprenderás que esto puede provocar muchísima angustia.
Mucha. Menos mal que en las
investigaciones recientes no se han limitado a estudiar las causas auditivas,
sino que están indagando también en los factores neurológicos. Ya verás como en
esto también está metido el dichoso hipotálamo y en cuanto alguien le ponga en su sitio, se nos acaban los problemas.
Mientras tanto, piensa que, como todo en la vida, la gravedad de los síntomas depende mucho de
la actitud de cada uno frente al problema. Los acúfenos pueden ser un tormento
como te obsesiones con ellos. En tu mano está quitarle la carga psicológica
negativa que implican. Céntrate en lo que
haces y no en lo que oyes. A veces, hay que dejar de escucharse a uno
mismo.
Pero sobre todo, si no puedes con los acúfenos, ríete de ellos.

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