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| Tumba de un blogger en México. |
Con todo respeto por las creencias, tradiciones
y sentimientos que conforman el legado espiritual de muchas personas.
Qué sutil es el velo que separa los ritos
paganos ancestrales (Samhain, la fiesta druida de los muertos), y las prácticas religiosas y profanas actuales (el Día de Todos los Santos y Día de Difuntos).
Y así es como una pareja dispar donde las haya, ha permanecido inseparablemente unida hasta el
día de hoy:
En el siglo V a.c. Los celtas celebraban anualmente la fiesta de Samhain el 31 de octubre, cuando según ellos los fantasmas y demonios vagaban por la tierra.
En el siglo I los romanos, conquistaron a
los celtas y trataron de “civilizarlos”. Paradójicamente adoptaron sus ritos espiritistas de la noche
de Samhain en honor al dios Lugh y a los muertos.
En el
siglo VII el papa Bonifacio IV instituyó
el día 1 de noviembre como el día de Todos los Santos, una fiesta para honrar a
los mártires.
¡Que no podemos desarraigar del corazón
de los nuevos conversos sus creencias paganas, le ponemos una pantalla
cristiana! ¡Que la gente adora un árbol, no se lo cortamos,
consagramos el árbol a Cristo y que sigan adorando al árbol! ¡A eso le llamo yo diplomacia eclesiástica! Eso sí, lo
mires por donde lo mires, no encaja con el concepto que transmite Santiago 1:27
de que la adoración a Dios sea “limpia e incontaminada”.
En
el siglo XI, los monjes de Cluny (Francia) fijaron el 2 de noviembre como el
día de los Difuntos, día en el que se elevaban plegarias para ayudar a las
almas del purgatorio a alcanzar la gloria celestial. Aunque pretendía ser una
fiesta católica, era obvio que la gente común mantenía un batiburrillo religioso considerable
y lejos de que la nueva fe reemplazara a la vieja, se fundía con ella.
Sencillamente, la realidad es la que define The Encyclopedia of Religion: “La festividad cristiana, el día de Todos
los Santos, conmemora a los santos conocidos y desconocidos de la religión
cristiana, tal como la fiesta de Samhain reconocía y rendía homenaje a las
deidades celtas”.
Pero analicemos Viviendo de risa uno de
los ingredientes más comunes del Día de todos los Santos. Las flores.
En la antigüedad, llevar flores a los
muertos era un acto en defensa propia completamente justificado.
Los muertos se mantenían expuestos a la intemperie durante días para ser
velados y rezar por ellos. Estando así la cosa, se quemaba incienso y se llenaba de flores al
difunto, para mitigar, digamos... el olor de la muerte. La costumbre se extendió también al 1 de
noviembre y llevar flores al cementerio ese día es algo que se hace
independientemente de si uno es creyente o no.
Estoy segura de que la intención
es la misma que cantaba Antonio Machín: Dos gardenias para ti / con ellas
quiero decir / te quiero, te adoro, mi vida.
Por
cierto, ¿sabías que la palabra cementerio viene del griego y significa
dormitorio? Me parece una palabra preciosa porque transmite la enseñanza
bíblica de que los muertos están dormidos esperando la resurrección.
Pero, sigamos con nuestro análisis y
veamos como esta costumbre puede convertirse en un atentado contra la razón.
Las flores están sobrevaloradas. Llevamos flores a todos los muertos,a TODOS. A los que fueron alérgicos también. ¡Qué poca sensibilidad!
Yo me pregunto: Si a mi marido nunca le regalo flores
cuando está vivo, ¿tiene algún sentido
que se las regale cuando esté muerto? Yo creo que no.
¿Qué cosas le regalo a mi marido vivo?
Lo que le gusta, lo que disfruta, algo que toque su fibra sensible. Algo personalizado, pensado únicamente para él. Un libro especial, el
accesorio para la moto con el que sueña, una escapada de fin de semana. ¿No sería lógico que si quiero regalarle algo cuando
esté muerto, le siga regalando las mismas cosas que le gustaban cuando vivía? ¡Yo lo tengo clarísimo, cuando se muera le seguiré regalando escapadas
de fin de semana! Que no vaya, es cosa
suya. Ya me apaño yo. Además, me comprometo a
disfrutarlo como que si estuviera él... o más.
Otro ejemplo que confirma mi teoría es el
que me proporciona la figura de un señor cercano a mi
familia que se pasó la vida odiando a
las flores. Cada vez que podía, patada voladora y un tiesto menos. Si podía
cargarse las rosas, geranios y hortensias que su hija cuidaba con esmero, lo
hacía y se quedaba más ancho que largo. ¿Me puede alguien explicar que hace su
familia llevándole flores año tras año? Como me decía una nieta suya, para ser consecuentes
no habría que llevarle flores, habría que llevarle fármacos. Fármacos sí, es
que era el Fernando Alonso de la auto
medicación. Se tomaba todas las pastillas que tenía a su alcance. Sólo diré que un día se
tomó las pastillas de la perra para evitar el celo. Para evitar el celo de la perra, no del señor. Una perra sí, canina,
de las que dicen guau. Una perra de agua cantábrica, blanca, preciosa, comedora de chicle.
Pero, volvamos al cogollo del asunto.
Meollo. Volvamos al meollo del asunto. No había nada en el mundo que le gustara
más a este buen hombre que un botiquín copiosamente
abastecido. Así que, lo suyo como mucho, sería llevarle al cementerio un hermoso ramillete de
hierbas medicinales, ¿o no?
¡Y no me digas que la persona que le llevó las flores al bloggero que yace en la tumba de la foto que encabeza este post no hubiera quedado mucho mejor llevándole una tablet!
Así es como lo veo desde mi entretenida forma
de contemplar la vida... y la muerte. Por eso, si algún día me muero, no me lleves
flores. Por tu propio bien te lo digo, ¡son carísimas!
No me gusta nada eso de morirme, es lo último que pienso hacer.
¿Te he dicho
alguna vez qué es lo peor de la muerte desde mi perspectiva? ¡Que los demás
sigan viviendo! ¡Si nos muriéramos todos a la vez, sería mucho más llevadero! Pero,
pensar en morirme y que los demás sigan vivitos
y coleando me cabrea mucho. ¡Qué falta de solidaridad! ¡La de ellos, claro!
De todos modos, me conmueve la gente que cuida y hermosea
las tumbas de sus seres queridos,incansablemente, sobre todo cuando no lo hacen en esta fecha señalada. Porque seamos conscientes de ello o no, cuando seguimos
las costumbres el Día de Todos los Santos, estamos perpetuando una fiesta ancestral de orígenes muy oscuros.
En el Imperio romano los cristianos se aseguraban de cuales eran los orígenes de las costumbres de su tiempo y se negaban a participar en cualquier actividad que tuviera vestigios paganos. Sus vecinos veían esta negativa como una afrenta a su cultura y estilo de vida. Minucio Félix, cita a un romano que reprocha a un cristiano conocido suyo: “No asistís a las representaciones escénicas; no presenciáis las procesiones públicas... detestáis los combates sagrados”. Está claro que no eran bien comprendidos, pero lo importante para ellos era que sabían por qué aceptaban o rechazaban ciertas creencias y costumbres.
¿Lo sabemos nosotros o simplemente nos dejamos llevar?
"Y conocerán la verdad, y la verdad los libertará".-Jesucristo-

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