VIVIENDO DE RISA (batallando sin prisa)Parte X
Mi memoria sufre unos resbalones que un día se mata.
Tengo versiones
de La canción del olvido en los estilos más diversos y/o dispersos; desde el efecto “punta de la
lengua” a pérdida de memoria transitoria, pasando por
amnesia de fuente.
Mi memoria es
volátil, sutil, etérea, fugaz… una
desertora que se larga sin autorización.
¡RENEGADA!
Si hay algo
difícil de explicar sobre mis batallas
diarias son mis procesos memoriosos.
Y es que es difícil explicar lo inexplicable,
y si no acuérdate de la Sra. Cospedal
explicando el despido de Bárcenas y su cotización a la Seguridad Social:
“La indemnización que se pactó fue una indemnización en diferido y
como fue una indemnización en diferido, en forma efectivamente de simulación…,
de simulación o de lo que hubiera sido en diferido en partes de una… de lo que
antes era una retribución, tenía que tener la retención a la Seguridad Social,
es que si no hubiera sido…, ahora se habla mucho de pagos que no tienen
retenciones a la Seguridad Social ¿verdad? Pues aquí se quiso hacer como hay
que hacerlo, es decir con la retención a la Seguridad Social”.
¿Esta mujer será
así de torpe o tendrá Fibromialgia y fumará algo para el dolor?
Expondré a continuación las diferentes versiones de mi particular Canción del olvido. Espero que no se me olvide nada.
Versión I. La de las cosas inolvidables.
No me acuerdo de
casi nada a excepción de cosas absurdas
que no necesito recordar. Esas llegan a formar
parte de mi memoria como si esta fuera un archivo imborrable. El archivo de las
cosas olvidables imposibles de olvidar. Te
pongo unos ejemplos para que me entiendas.
Hace ocho años hicimos
una escapada a Extremadura. En la
sorprendente Plasencia visitamos la Casa
del Dr. Trujillo. Un palacete gótico impresionante cuya torre contiene unas ventanas
trilobuladas conopiales. Los estilos
arquitectónicos de verdad que no son lo mío.
Pues me matas y no sé quién fue el Dr. Trujillo, ni porqué vivía en
semejante casoplón. Eso sí, inexplicablemente, las ventanas trilobuladas
conopiales son inolvidables y no porque
recuerde cómo son, sólo recuerdo cómo se llaman.
Onicofagia es la
costumbre compulsiva de comerse las uñas. Copra, la pulpa seca del coco y
Fidelio la única ópera de Bethoven. Bueno, pues cosas como esas, que las oyes una vez en
la vida en un concurso de televisión, no las olvido jamás, pero soy incapaz de recordar
cómo se llama mi madre. Me da vergüenza decirlo pero, es así, sin
exageraciones, NO RECUERDO CÓMO SE LLAMA MI MADRE.
Versión
II. La de las cosas importantes.
Mi madre, tiene noventa años y yo me encargo de sus papeleos.
Pues cada vez que me piden su nombre para algún trámite, tengo que mirarlo
porque no me acuerdo. No sé si se llama
María Rosa o Rosa María. A ver, ¡que he vivido toda la vida con ella, que no
nos acaban de presentar!
Además, hay un factor
agravante, mi prima se llama María Rosa y yo Rosa María (sí, en mi
familia andaban escasos de inspiración para los nombres.) Es tan fácil como recordar
si se llama como yo o al revés. O, si se llama como mi prima o como yo. Pues no hay manera. Y claro, ¡cómo nadie me da pistas, que todo el mundo la
llama Rosa…!
A mí toda la vida me han
llamado Rosamaría, sin atajos. Pues a
ella Rosa, y como yo siempre la llamo
mamá… pues eso, NO RECUERDO CÓMO SE
LLAMA MI MADRE. ¿Es esto normal? ¡Qué
venga Freud y lo diga!
Igual es
psicológico, mira tú. Pues no pienso ir al psicólogo, que yo quiero
mucho a mi madre.
Estos
psicólogos… Cuando pasé el tribunal de valoración de la discapacidad la
psicóloga se empeñó en que tenía
depresión. Yo que no y ella que sí. -Qué
sí, que sí, precisamente tu negación indica
que quieres demostrar que estás bien, cuando no lo estás.-
¡Toma ya! Y cuando bailo mientras limpio el polvo es
porque sufro mucho pero me encanta disimular. ¡No te digo!
Me dice la buena
señora que como soy hija única mis padres me han exigido mucho. ¡Y
yo toda la vida creyéndome eso de que las hijas únicas son unas
consentidas! Un poco más y salgo de su
despacho odiando a mis padres.
¿Tan difícil es
entender que a mí el dolor me tortura pero no me deprime?
Yo, pasmada con la
mujer. No sabe nada de mi vida, y la primera vez que me ve me diagnostica una
depresión de camuflaje de etiología paternofilial. ¡Toma ya! ¡Esta señora no es
psicóloga, es adivina! ¡Hay que ver lo que avanza el Instituto de Migraciones y
Servicios Sociales (IMSERSO)!
Pues eso, no
pienso ir al psicólogo para averiguar por qué no recuerdo el nombre de mi madre pero sí recuerdo el de las ventanas de la casa del Dr. Trujillo.
Versión III. La
de las cosas transitorias.
Cómo el cerebro
guarda o desecha los recuerdos es un misterio para los científicos así que no
me voy a preocupar por ello. La teoría de la consolidación es la mejor que tienen hasta ahora. Ésta propone que las
impresiones frescas primero se guardan como recuerdos a corto plazo en el hipocampo.
Después de unas horas o hasta días, se mueven durante el sueño profundo hacia
la corteza cerebral, donde entran en la memoria a largo plazo.
¿No será que mi
hipocampo se cree que es un caballito de mar hecho y derecho y que como tal tiene memoria de
pez?
¿Lo has pillado?
¡Es profundo esto…!
El problema es
que mi memoria a corto plazo es más
corta que la lista de amigos de Mourinho:
He oído maullar
un gato por casa y me he puesto a buscarlo como loca. Yo pensando: Pobre gatito,
busca cobijo, seguro que tiene hambre. Me le quedo por encima del cadáver de
Lay. Y venga a buscar, hasta que dejó de maullar. Y entonces me di cuenta… era
el móvil. No recordaba el tono. ¡Si es
que a mí me sacas del riiiiing y la lío!
También puede
ser que como con fibromialgia es difícil, cuando
no imposible, entrar en sueño profundo,
mis recuerdos no entran en la memoria a largo plazo. Entonces, ¿cómo se explica
lo de las ventanas trilobuladas conopiales?
¡Ah, ya sé! Ese
día entré en sueño profundo a base de “Jerte-libre”, un bebedizo prodigioso. Habíamos comprado licor de pera
del Valle del Jerte y resultó ser una pócima intragable. Aquella noche la mezclé
con Coca-Cola, el elixir del siglo XX, y así fue como inventé el
“Jerte-libre”, que además de estar buenísimo,
me facilitó la entrada directa, en el para mí gran desconocido, ciclaje
cerebral DELTA. El ciclaje cerebral característico del sueño profundo.
¡Ains… con lo bien que se está en DELTA y lo poco que lo
frecuento! Mi cerebro se pasa la vida en BETA, más alerta que la Agencia
Estatal de Meteorología. Este permanente
estado de vigilancia que mantiene el cerebro de una persona con fibromialgia es agotador,
extenuante, fatigoso, aplastante. Por
eso aprender a variar las ondas cerebrales es fundamental. Desde que aprendí puedo producir ondas ALFA siempre que quiero. El cerebro elabora este tipo de ondas cuando estás verdaderamente relajado. Te permite descansar
en cualquier momento del día. Las ondas ALFA son un chollo. ¡Eso sí que es estar en otra onda!
Pero no nos
desviemos del tema: Hablábamos de la pérdida de memoria transitoria, esa en la
que olvidamos algunas cosas recientes, algunas cosas pasadas o ambas. Es esta
falta de memoria la que hace que
tengamos dificultades para aprender cosas nuevas. La experiencia me dice que
esta pérdida de memoria va y viene. Lo que es desconcertante pero también un
alivio.
Versión
IV. La de las cosas que te cuento.
Es curioso lo que me sucede cuando me pongo a contar algo.
Ya se pueden armar de paciencia los escuchantes porque durante el proceso explicatorio emprendo una excursión lingüistica con mochila y todo, incluyendo las acampadas pertinentes a cada rato para rebuscar en el bolsillo de las palabras y expresiones perdidas.
Es
que pierdo el hilo. Pierdo el hilo, la
bobina y hasta el costurero. –Esto… ¿Qué
iba a decir yo?-.
Eso cuando no
me quedo completamente en blanco. Lay siempre
dice que parece que me estoy inventando lo que digo. Porque por lo visto,
cuando se cuentan mentiras se habla más despacio. Y es que, por lo visto, mentir requiere una actividad cognitiva más compleja que ser honestos.
¡Si hombre, para
actividades cognitivas complejas estoy yo! Para contar mentiras hay que tener
la cabeza despejada y pensar con claridad. Para contar mentiras hay que usar
muchas más palabras que para contar la verdad. Uff… ¡mentir tiene que ser cansadísimo!
Versión VI. La
de las cosas del diccionario mental.
El léxico mental
es como un gran diccionario dentro de nuestro cerebro donde se almacenan todas
las palabras que conocemos. Allí buscamos la palabra que se corresponde con lo
que queremos expresar. La buscamos y la encontramos en 200 milisegundos. A mi me sobran 100 milisegundos porque mi
lengua se dispara más rápida que la de un camaleón impaciente. El problema es
que encuentro la palabra que no es.
Por ejemplo,
dice mi marido: -¡Mira, sólo 25 kilómetros a San Martín!-. Y yo contesto: -¡Qué barato!-.
O, -voy a poner a cargar la aspiradora que se ha quedado sin batidora-.
Versión V. La de las cosas que sé pero no sé.
Tengo una
información pero soy incapaz de saber cómo la he obtenido. Es lo que se llama amnesia de fuente. No tengo ni idea
de si me lo han contado, lo he leído, lo he oído o lo he visto. Tampoco puedo afirmar que la información que
tengo se ajuste completamente a lo que leí, vi u oí, o es un mero sucedáneo
interpretativo de la fuente original. Un
batiburrillo mental en toda regla. El caso es que cuando empecé a contarlo
tenía todos los datos. Después de un rato de rebusca mental sólo sé que no sé nada, que diría… este… ¡ah sí,Iñaki Urdangarin!
Tengo versiones
de La canción del olvido a mansalva, pero no recuerdo más, otra vez será.
Y no es que pierda
la memoria, perdida no está porque yo recuerdo que he olvidado algo. Sé que sé
algo, pero no sé qué es. Entonces, si no encuentro en mi memoria algo que sé que
está ahí, ¿he perdido la memoria o he perdido lo que sé? ¡Yo-qué-sé!

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