Delicados
corazones, mensajes tiernos. Suspiros de amor.
¡Románticos
del mundo uníos a festejar ¿el amor?!
Me
pasma la tranquilad con la que aceptamos
todo lo que nos llega bajo un disfraz de
ternura.
Esta
fiesta disfrazada de inocencia, no es
más que la grotesca caricatura que resulta de unir los deseos de amistad del
joven Valentin con los ritos de fertilidad del dios griego Pan.
La
etiqueten como la etiqueten, esta fiesta
tiene un fondo repugnante, mucho más que los caprichos pasajeros que
flotan en la superficie.
Las
raíces de esta fiesta se hunden en la
antigua Grecia. Allí se veneraba al mítico
dios de la fertilidad, mitad hombre, mitad macho cabrío, el dios Pan. Salvaje e impredecible, aterrorizaba a los seres humanos. A él le
debemos la palabra Pánico.
Más
tarde Roma adoptó a Pan bajo el nombre de Fauno Luperco. Sus sacerdotes, los Lupercos, eran elegidos cada
año entre los ciudadanos más ilustres. En
honor a este dios se celebraban las Lupercales, fiestas orgiásticas llevadas a
cabo todos los años el 15 de febrero. Durante la celebración, grupos de
hombres casi desnudos corrían blandiendo látigos de piel de cabra como si
fueran un miembro viril. Las mujeres que
deseaban tener hijos se quedaban de pie cerca de la ruta de los corredores para
que las flagelaran, sus carnes se volvían
de color púrpura, color que contribuía a
su fertilidad y representaba a las prostitutas de la época. Este
antiguo festival de amor primaveral incluía otros ritos místicos y sexuales como el de sortear en una lotería, mujeres jóvenes, los hombres sacaban sus nombres de una caja.
En
el año 494, el Papa Gelasio I abolió las Lupercales. Lo que hizo la Iglesia a continuación fue cambiarle la etiqueta a la
fiesta. Y en conformidad con su ya
rutina de cubrir los orígenes paganos de las fiestas con una apariencia
cristiana, se acordaron de que el 14 de
febrero del año 270, un joven romano había
sido decapitado por negarse a renunciar al cristianismo. Dejó una nota para la hija de su carcelero quien
era su amiga. La firmó: “De tu Valentín”.
No cabe duda que a la Iglesia le gustó
la etiqueta romántica e inocente de este Valentín. Pero no nos engañemos, era el mismo frasco
envenenado con la etiqueta de inocuo. Cambiarle
el nombre “cristianizándola” no hace que la fiesta sea menos repugnante.
Los ritos de las Lupercalias se trocaron en
otros distintos con los mismos fines, la fertilidad y la protección contra la
muerte. Se le añadieron ciertos adornos. Se amplió el juego para permitir que las
muchachas a su vez sacaran de la caja del sorteo los nombres de los muchachos. Durante la Edad Media, se celebraba el Día de
San Valentín con el mismo jugueteo sensual que caracterizaba el festival pagano.
Cupido, dios de la fertilidad, el niño alado,
agregó a la ocasión sus monerías con el arco y las flechas. Durante el siglo pasado se añadieron tarjetas
de Valentín con encajes y versos sentimentales para adornar las mitologías
antiguas.
Que
no te engañen los disfraces y etiquetas. No lo harán si estás en lo que
celebras.

Desenmascarando a Cupido, sin que nos dé Pánico...
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